Hoy todo se mueve rápido, nuestra atención ya no sabe cómo quedarse en una actividad. Estoy segura de que en tu círculo cercano muchas personas han sido diagnosticadas (algunas auto diagnosticadas) con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad – el síntoma de nuestra época. No digo que no haya personas con TDAH, pero no sé si la gran mayoría simplemente no aprendió o des-aprendió a concentrarse, a aburrirse, a hacer una sola cosa a la vez.

La cantidad de información que recibimos por medio de nuestros sentidos es abrumante. El ojo percibe todo el movimiento de vehículos (carros, motos, bicicletas), peatones, así como la información que no está en movimiento, la famosa contaminación visual; el oído percibe todos los sonidos (alarmas, ambulancias, bocinas, gritos); el olfato percibe una amplia gama de olores.

Dinámicas psicológicas surgidas del mundo actual

Usualmente, no le ponemos atención a todo lo que nos rodea; nos enfocamos solamente en la información que nos sirve. Pero nuestro cerebro, que tiene una capacidad impresionante, sí recibe esta información y responde a ella activando nuestro sistema de alerta (la respuesta de pelea o huida), el sistema nervioso.

El famoso scrolling – ya no nos detenemos ni a ver las fotos y videos que nos interesan por más de 10 segundos, porque hay tantas fotos y tantos videos, que tenemos que verlos rápido para poder verlos todos. Recuerdo, con nostalgia, cuando veíamos televisión y había anuncios comerciales. Era como una pausa, uno podía levantarse al baño, a comer, o aburrirse y hablar con el que estaba sentado a la par.

Antes había “temporada de mango” y uno se comía todo el mango que existía, porque sabía que no iba a conseguir el resto del año; ahora todo el año hay mango (más caro y tal vez congelado), pero ya no hay pausa, ya no hay espera. Todo lo que queremos lo conseguimos rápido y fácil.

Un ritmo de vida frenético

No sabemos postergar la gratificación del placer. Existe un famoso experimento en psicología en el que a un niño pequeño, de 4-5 años se le pone un malvavisco o una golosina enfrente y se le dice: “no te la comas, voy a salir a traer. Si cuando vuelva no te la has comido te doy más, pero si te la comes no te doy más”. Se espera que todos los niños a esta edad la coman en el momento en que el adulto se voltea o sale del cuarto. Esto se debe a la madurez del cerebro del niño; no es capaz de postergar la gratificación, aunque sabe que si espera un poco va a tener más. Solamente puede pensar en la gratificación inmediata, entonces la toma y la come.

En este sentido, somos una sociedad muy infantil, porque aunque nuestro cerebro podría tener la capacidad madurativa, la mayoría de personas adultas no se detienen a pensar que en el futuro van a disfrutar más. El famoso YOLO (“sólo vives una vez”, por sus siglas en inglés), que puede ser una respuesta esperable en un adolescente, pero no en un adulto.

Si mantenemos esta actitud infantil, es muy difícil tener confianza en nosotros mismos, nuestra autoestima se ve afectada. Pues cómo podemos confiar en nosotros mismos si no logramos cuidarnos, no logramos tomar la decisión correcta, no logramos cumplir con nuestros objetivos y nuestras metas. Al no confiar en nosotros mismos, ni en lo más cotidiano y pequeño, nuevamente volcamos toda nuestra atención hacia afuera y no hacia adentro.

Fuente: Psicología y mente

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